Este 1 de septiembre entrará en vigor el Reglamento para la Promoción de la Cortesía Escolar en El Salvador. Esta normativa pretende «fomentar la práctica de expresiones básicas de cortesía (…) en todos los centros educativos públicos, promoviendo el respeto, la convivencia y la cultura ciudadana», por medio de un sistema de deméritos.
El memorándum n.º 06-2025 del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, que ya cuenta con la firma de la ministra Karla Trigueros, busca enseñar —por medio de la coerción— a ser un buen ciudadano, así como las consecuencias de no serlo. Los niños que no utilicen expresiones como «Buenos días», «Gracias» y «Por favor», podrán recibir sanciones como la «suspensión de privilegios escolares (participación en juegos, actividades culturales o recreativas)», hasta el extremo de que «el estudiante no podrá ser promovido de grado».
A pesar de que el memorándum señale que «los deméritos no buscan castigo, sino corrección y formación en valores», literalmente, la frase anterior es: «el uso u omisión de expresiones de cortesía tendrá consecuencias» (expuestas arriba). Pareciera que el gobierno salvadoreño estaría promoviendo valores cívicos; sin embargo, sospecho que realmente buscan insertar la obediencia al Estado desde la escuela con esa excusa.
Además de ello, aparentemente la norma viola la libertad constitucional de libre expresión (art. 6 de la Constitución) y, a mi juicio, lo peor de todo, crea borregos de las leyes y no jueces morales autónomos.
Obediencia al Estado
A pesar de que normalmente se le achaca con mayor frecuencia a los gobiernos autoritarios el hecho de buscar siervos dóciles, lo cierto es que esta costumbre no le es propia al gobierno autoritario, sino al gobierno sin apellidos. Lo que cambia es el nivel de lo explícito que esta tendencia es. Por lo que esto sería cierto independientemente de si El Salvador es un Estado autoritario, o si no lo es; o si es una democracia, o no. Esas preguntas no competen a este análisis, pues para su conclusión le son indiferentes.
Dicho eso, es bastante claro cómo el rol del profesorado pasará del de un facilitador de conocimiento al de un censor. El documento señala que «los deméritos se registrarán en el Libro de Convivencia Escolar o en la Tarjeta de Deméritos del estudiante» y, además, «el docente deberá informar de inmediato al estudiante la causa del demérito». Pasando así el rol del docente de alguien que enseña a alguien que vigila, y no vigilar para preservar la integridad de los niños, sino para hacer cumplir la legislación del gobierno y sancionar a los niños cuando estos no la cumplen.
De este modo, los profesores pasan de ser parte de un cuerpo intermedio de la sociedad (como son los colegios), a otro policía más del gobierno. Los niños aprenderán a temer a los profesores (en vez de admirarlos) y entenderán que es mejor obedecer a los caprichos de los profesores, incluso cuando su juicio les diga que acatar ciertas peticiones puede ser injusto o inadecuado, por miedo al castigo, por miedo al demérito. Luego, una persona que ha sido expuesta a estas situaciones desde la infancia será un ciudadano dócil y pasivo, que dejará pasar toda indulgencia de la autoridad que tenga encima por miedo a las consecuencias.
Sobre las posibles violaciones a las garantías constitucionales
En El Salvador, los niños no tienen el estatus de ciudadanos (no tienen derechos políticos como elegir y ser electos), pero sí tienen el estatus de nacionales. Los nacionales tienen derechos fundamentales, y uno de esos derechos es el de la libre expresión.
El artículo 6 de la Constitución salvadoreña dice que «Toda persona puede expresar y difundir libremente sus pensamientos siempre que no subvierta el orden público ni lesione la moral, el honor o la vida privada de los demás. El ejercicio de este derecho no estará sujeto a previa censura, sino a responsabilidades ulteriores que determine la ley» (las negritas son mías).
Se sigue de ello que los niños, al ser nacionales, tienen derecho a la libre expresión sin previa censura. Además, la jurisprudencia internacional (en EE. UU., el caso West Virginia v. Barnette, sobre el saludo a la bandera, donde la Corte Suprema ha dicho que la libertad de expresión incluye el derecho a no ser obligado a expresar algo) y la lógica constitucional indican que una parte central de la libre expresión es escoger sobre qué cosas emitir opinión.
Obligar a que los niños usen expresiones determinadas podría entrar en el campo de la expresión forzada y, por tanto, violar el derecho constitucional a la libre expresión al establecer penas por escoger no expresarse.
La erradicación del juicio y la civilidad
Quiero iniciar este punto diciendo que a mí me parece bueno que las personas se refieran a las otras con un mínimo de cortesía. Mi manera de argumentarlo es la siguiente:
Puedo deducir racionalmente que tengo la propiedad sobre mi cuerpo; esto me permite pensar en fines y medios para alcanzar esos fines. Estos fines, así como los medios para alcanzarlos, no tienen causa más que mi juicio; es decir, no son determinados por otros, sino por mí. Además, todo lo que no está determinado es un fin. Por tanto, como no estoy determinado, soy un fin en sí mismo.
Luego, no puedo distinguir una diferencia entre el razonamiento que hago para mí y el que podría hacer cualquier otra persona para sí misma; por tanto, todas las personas son fines en sí mismas. Si las otras personas son fines en sí mismas, no debo tratarlas como medios, y ellas no deben tratarme como medio a mí. Me parece que una forma sensata de hacer ver esto (su dignidad) es no tratando a los demás descortésmente; por tanto, no he de insultarlos o degradarlos verbalmente sin motivo.
Es por esto que yo creo que tratar a la gente cortésmente es bueno. Sumado a ello, me parece que tratar bien a las personas por miedo a un castigo no puede ni catalogarse de bueno, ni virtuoso, o de comportamiento de «buen ciudadano». El hecho que confirma que lo que haces es bueno no es el acto mismo, sino el reconocimiento consciente de la naturaleza de ese acto. Es decir, que no hacemos cosas buenas por miedo a un castigo, las hacemos porque son buenas y ya.
Creo, además, que es característico de lo civilizado que las personas actúen con intención racional de hacer el Bien, y no por miedo al castigo. Por el contrario, una sociedad donde se actúa correctamente, pero se actúa así por miedo, es una sociedad descivilizada y erosionada. Que cuando las personas no se hallen capaces de juzgar por sí mismas qué es lo bueno y lo malo, irán corriendo al primer cacique, al primer leviatán que les diga cómo comportarse.
Incluso aun cuando ese leviatán diga que lo incorrecto es lo correcto. Pues cuando las sociedades pierden el juicio y el criterio propio, se pierden también a sí mismas.