Mención honorífica. Este trabajo recibió una de las Menciones Ensayo del 14.º Concurso para Jóvenes de Caminos de la Libertad, programa del Centro Ricardo B. Salinas Pliego.
Presentado originalmente bajo el seudónimo «El ermitaño del fin del mundo».
Parece pertinente, entendiendo las leyes que poseen algunos países, señalar que lo expuesto en este documento es un ejercicio intelectual: no es una llamada a derrocar ningún régimen, pasar por encima de la institucionalidad de cualquier país o una crítica hacia un gobierno en particular. En el escrito me refiero al gobierno como un ente abstracto, no referente a ninguno en particular, pero sí a todos a la vez.
Es bastante común, dentro del «mundillo» liberal, encontrar a personajes que parecen tener un culto a la democracia. Estos personajes comúnmente señalan a quienes nos oponemos al régimen democrático como autoritarios y a quienes buscan «fortalecer» la democracia como «defensores de la libertad».
Naturalmente, quienes dicen estas cosas asocian la democracia con la libertad o ven la democracia como un requisito, sostén o pilar fundamental de la libertad individual. Por ende, asumen que todas las posturas antidemocráticas son, por lógica, liberticidas. Caen frecuentemente en el falso dilema de «es democracia o es dictadura», «es democracia o es totalitarismo».
Hoy en día somos pocos los que planteamos que «o es democracia o es libertad», ya que, parafraseando al profesor H. H. Hoppe: «La democracia no tiene nada que ver con libertad. La democracia es una variante suave del comunismo, y rara vez en la historia de las ideas ha sido tomada por otra cosa».1
Entiendo que busco defender una aseveración ambiciosa, por lo que primeramente definiré mi objeto de estudio; posteriormente, señalaré cuál será mi metodología de análisis y desde qué punto atacaré mi objeto de estudio.
I. La democracia representativa
Debe entenderse, cuando hablo de democracia, la democracia que frecuentemente tenemos en nuestros países: la llamada democracia representativa. Esto no quiere decir que los otros tipos de democracia sean buenos, sino que hoy en día esta es la que prima, la que la mayoría experimentamos y la que es mayoritariamente defendida por los «liberales» —usando este término como lo que significaba antes de que los demócratas se lo apropiaran—. Por lo tanto, es la que debe ser combatida con más urgencia.
En este sistema se tienen elecciones periódicas donde personas que cumplen algunos requisitos se postulan para ser representantes del pueblo o de los ciudadanos, asumiendo erróneamente que: 1) «el pueblo» o «los ciudadanos» es una corporación legal o tiene sustancia ontológica y, por ende, 2) la suma de sus miembros posee una voluntad general que representa a todos, puede ser conocida y representada en los órganos públicos.
Estas personas se enfrentan en la contienda electoral, reciben los votos de los ciudadanos y los electos ejercen su cargo por un periodo determinado, hasta que el proceso anteriormente descrito se repite. Esta es la democracia actualmente más frecuente y será mi objeto de estudio.
II. El método praxeológico
El método de análisis será el praxeológico; quiérase decir, me valdré de la praxeología —el estudio de la acción humana— para derivar mis conclusiones. Entendiendo que este método, a mi juicio y lamentablemente, es poco conocido dentro de las ciencias sociales, dejaré que uno de los hombres que más me ha influido lo describa:
«El análisis austriaco (praxeológico) comienza con el análisis de las consecuencias formales de la acción humana. Tal cosa se realiza porque la esencia de lo económico, como pronto veremos, está en la esencia de la acción humana. Luego, sobre tales bases —que serían los axiomas del sistema— se van deduciendo todas las consecuencias lógicas de estos. Llegando a los teoremas correspondientes, dichos teoremas son las leyes económicas. (…) El estudio de la acción humana desde el punto de vista de las consecuencias formales de la descripción de acción humana recibe el nombre de Praxeología. Es la propedéutica (análisis preliminar) que brinda los conceptos básicos de los cuales se derivan luego las diversas leyes económicas».2
Tal como Zanotti explica en el extracto anterior, lo humano es siempre económico, ya que, en esencia, toda acción humana busca pasar de un estado de menor satisfacción a uno de mayor satisfacción —en el sentido formal del término—:
«Sólo a través de individualizados juicios de valoración se puede ponderar la mayor o menor satisfacción personal. Juicios que son distintos según los diversos intereses y, aun para una misma persona, diferentes según los momentos. Es la valoración subjetiva, con arreglo a la voluntad y al juicio propio, lo que hace a los agentes más o menos felices o desgraciados. Nadie es capaz de dictaminar lo que ha de proporcionar mayor bienestar al prójimo».3
Los incentivos de la democracia
Veremos entonces cuáles son los incentivos de la democracia y cómo estos se contrastan con los intereses de la clase política y el resto de la sociedad.
Lo primero que diré, y lo que busco probar en este trabajo, es que la democracia, tal como existe hasta ahora, solo puede desembocar —si es que no es socialismo— al menos en un autoritarismo centralizado que siempre impulsará el estatismo. Para decir esto último, solo necesito valerme de un supuesto: la preferencia temporal de la mayor parte de los votantes —como ha sido mayoritariamente a lo largo de la historia y explica Hoppe en Progreso y declive— es alta.
La preferencia temporal es una categoría de la acción humana. En pocas palabras, es la forma de denominar aquellos juicios que nos orientan sobre el consumo de bienes en el tiempo. Si queremos el consumo —y el beneficio— ahora, nuestra preferencia temporal es alta. Por el contrario, si preferimos el consumo —y el beneficio que, se especula, será mayor que el posible beneficio presente— en el futuro, hablamos de preferencia temporal baja.
Ilustrando con ejemplos cotidianos: quien gasta su sueldo, pagado mensualmente, en los primeros quince días del mes tiene alta preferencia temporal; quien ahorra el 15 % de su sueldo mensualmente para poder invertir y aumentar sus ingresos mensuales futuros tiene baja preferencia temporal.
Naturalmente, las sociedades prósperas y sostenibles en el tiempo —y así se ha demostrado históricamente— son construidas por personas de baja preferencia temporal, ya que son ellas quienes ahorran para invertir y generar más empleo, riqueza y tecnología. Son destruidas por quienes tienen alta preferencia temporal, pues son ellos quienes despilfarran y, cuando llega el momento de apretarse el cinturón, no pueden pasar la prueba: sus empresas quiebran, se van a la calle y la sociedad cae en el caos, ya que muchos acuerdos —como pagos futuros, compras futuras o promesas de rentabilidad— no se cumplen.
¿Qué pasaría si la mayoría de las personas tuviera alta preferencia temporal y existiese un grupo de personas que cada cuatro o cinco años les ofreciera consumo inmediato por medio de bonos, subsidios y todo tipo de ayudas con dinero que aparentemente no es suyo y que no tendrían de no ser por estos benevolentes señores? No pasaría nada distinto de lo que vivimos día a día. No he hecho nada más que develar el misticismo de la democracia.
Cabe entonces preguntarse: si lo anterior es cierto, ¿cómo es que el mundo no vive enteramente sumido en el socialismo soviético? La respuesta es bastante sencilla: los políticos ni siquiera necesitan hacer lo que prometen; solo necesitan prometerlo de una manera sagaz y elocuente para capturar el voto del ciudadano.
Después de todo, ¿ante quién responden los políticos? Ante nadie. No ante sus electores, dado que no los conocen, a menos que ellos se les revelen voluntariamente. Aunque estos se les presenten, los políticos no pueden confirmar que realmente sean sus electores; pero, aun si lo fueran, no hay ningún contrato que les obligue a cumplir los términos o propuestas por los cuales fueron electos.4
Cuando, por ejemplo, los diputados juran para asumir su cargo, lo hacen en nombre de la patria, el pueblo o los ciudadanos, todas entidades jurídica y ontológicamente inexistentes. No es como que la patria, el pueblo o los ciudadanos se levanten de su cama y digan: «Oh, diantres. Este diputado no está haciendo lo que nos prometió en campaña; iré a regañarle».
Lo irrisorio de la situación anterior nos parece evidente, pero por alguna razón hay un grupo no menor de la población que no es capaz de asociarlo con la democracia. Parece pertinente recordar que son solo los individuos quienes actúan. Por ello, nunca nadie ha sido reprendido por «el pueblo» o «los ciudadanos»: ha sido reprendido por una serie de individuos con nombre y apellido.
«Ante todo, conviene advertir que la acción es siempre obra de seres individuales. Los entes colectivos operan, ineludiblemente, por mediación de uno o varios individuos, cuyas actuaciones se atribuyen a la colectividad de modo mediato. Es el significado que a la acción atribuyan su autor y los por ella afectados lo que determina la condición de la misma. Dicho significado de la acción da lugar a que determinada actuación se considere de índole particular mientras otra sea tenida por estatal o municipal. Es el verdugo, no el Estado, quien materialmente ejecuta al criminal. Sólo el significado atribuido al acto transforma la actuación del verdugo en acción estatal. (…) Porque una colectividad carece de existencia y realidad propia, independiente de las acciones de sus miembros. La vida colectiva se plasma en las actuaciones de quienes la integran. No es ni siquiera concebible un ente social que pudiera operar sin mediación individual. La realidad de toda asociación estriba en su capacidad para impulsar y orientar acciones individuales concretas. Por tanto, el único camino que conduce al conocimiento de los entes colectivos parte del análisis de la actuación del individuo».5
Esto es el símil de que yo, en vez de contraer una deuda por medio de un acuerdo contractual, diga: «Te juro, en nombre de los buenos hombres que habitan esta tierra, que te pagaré». Suena poético y bastante romántico, pero a nivel de imputabilidad no tiene ninguna relevancia. Lo mismo ocurre cuando las autoridades juran en nombre de la nación, la patria, el pueblo o los ciudadanos.
Mirado desde este punto de vista, el negocio político suena bastante prometedor: debo usar mis habilidades discursivas cada cierta cantidad de años para garantizar mis ingresos por algunos años. Es indiferente si miento, prometo cosas imposibles o no me esfuerzo para cumplir lo que prometí, ya que quienes tienen el poder de colocarme en mi puesto no tienen el poder de controlarme si no cumplo mi parte del trato porque, en primera instancia, no hice ningún trato.
Claro, quizás no cumplir nada de lo prometido pueda serme perjudicial para mi siguiente campaña, así que debería cumplir algunas cosas, preferentemente aquello que me beneficie: aumentar la recaudación del Estado por medio de subidas de impuestos; proteger la industria nacional si yo, un familiar o un amigo tiene una empresa en el país; y también entregar algo que produzca satisfacción inmediata a los ciudadanos, como un bono, una bolsa con comida, gas para el invierno o ropa para los escolares.
Ellos creen que ese dinero es de todos los demás y, por lo tanto, que sin estas «ayudas» no tendrían posibilidad de adquirir esos bienes y servicios. En parte tienen razón. Lo que no saben es que, si no tuvieran que pagar todos los impuestos que pagan, si no tuviéramos monopolizadas las áreas de «interés nacional» o si no tuviéramos aranceles —o estos fueran muy bajos—, podrían comprar las mismas cosas, incluso en mayor cantidad y calidad.
La estafa piramidal
Esta es la democracia al desnudo: el sistema que, por algún motivo, muchos defienden a capa y espada solo porque históricamente se opuso a las monarquías absolutas. Parecen no enterarse de que el Rey Sol no tiene nada que envidiarles a muchos presidentes y miembros de parlamentos de distintos países.
Por eso, la democracia tal y como está ahora es una estafa piramidal. Los viejos políticos reclutan a sus nuevos acólitos en las universidades y les ofrecen un futuro lleno de glorias y dinero si participan en sus campañas, militan en sus partidos, engrosan las filas de sus juventudes y esparcen la doctrina de la democracia por la universidad o por donde sea más conveniente. Luego, si estos jóvenes son lo suficientemente sádicos y maquiavélicos, serán ellos quienes en unas décadas ocupen los asientos del parlamento y ronden las facultades de las universidades buscando nuevas generaciones para continuar con su legado.
Cabe mencionar que, en todo el análisis anterior, no se tocó ni se puso como factor relevante el tema de si la democracia es moral o ética como sistema. Eso sería ya otro análisis. En este, que es un análisis económico, solo he buscado resaltar que la democracia no cumple su objetivo si este es representar a la población de un territorio por medio de un grupo de personas.
Además, tal y como figura la democracia, los políticos no solo tienen incentivos para proponer medidas intervencionistas, cortoplacistas y anticivilizatorias —pues esto es lo que llama la atención de la mayoría de la población, con preferencia temporal alta—, sino que tampoco tienen ningún incentivo para cumplir sus promesas electorales. Quienes los eligieron no tienen ningún acuerdo fidedigno con ellos y, por ende, no pueden castigarlos cuando no cumplen ni premiarlos cuando hacen una labor excepcional, como ocurre en cualquier acuerdo bien hecho entre privados.
La única excepción a estos postulados sería encontrar a un político que realmente sintiera interés por lo público, tuviera convicciones reales —sean cuales fueren— o tuviera algún incentivo externo para cumplir sus promesas. Lamentablemente, estas figuras —si es que existen— no pueden ser localizadas adecuadamente, ya que no hay político que no invoque sus «fuertes convicciones e ideas» durante el periodo electoral. Luego, como nadie puede saber con certeza cuándo otro está mintiendo —más aún si lo ve por medios de comunicación—, estos personajes no son lo suficientemente relevantes para desvirtuar el análisis anterior; y repito: si es que existen.
Este es solo uno de los motivos por los cuales digo que la democracia representativa es un mal sistema. Si la democracia directa es mejor, si es mejor una monarquía, un modelo soviético o una anarquía de propiedad privada, no es el tema que concierne a este trabajo. Naturalmente, yo me inclino por lo que Hoppe llama orden natural, pero eso tampoco es tema de este ensayo.
Quedan entonces evidenciados los mecanismos, al menos insuficientes, de este sistema que, por alguna razón, consigue filas y filas de acólitos dentro del mundo liberal. Pareciera que estos liberales se han dejado cegar por el experimento americano —desvirtuado ya hace mucho tiempo— y defienden sus sistemas como si estuvieran defendiendo la obra de los padres fundadores. Nada más lejano de la realidad.
Si lo que se busca es recordar y preservar el legado de los padres fundadores, recordemos entonces que el precio de la libertad es la eterna vigilancia.
Footnotes
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Hoppe, H. H. (2021). Monarquía, democracia y orden natural. Unión Editorial. ↩
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Zanotti, G. (2020). Introducción a la Escuela Austriaca de Economía. Unión Editorial, pp. 25-27. ↩
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Mises, L. (2020). La acción humana: tratado de economía. Unión Editorial, p. 19. ↩
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Tema ampliamente explorado en Spooner, L. (2021). Sin traición: la Constitución no tiene autoridad. Unión Editorial. ↩
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Von Mises, L. (2011). La acción humana. Unión Editorial, p. 51. ↩