ensayo

Una visión práctica para un discurso racional de la identidad

Este ensayo es para un pollo.

Preludio

“Un hombre permanecía horas sentado en el sillón, mirando el fuego, y una lluvia de ideas caía sin cesar desde el alto cielo directo hacia su mente.”

— Virginia Woolf, La marca en la pared (1917).

El hombre era yo. No miraba el fuego, veía la ventana del bus que, tras diez horas de viaje, me llevaba a Petén -así que algo de fuego sí había-. En cuanto a las ideas, podría decirse que, más que lloverme, me diluviaban; y sin ninguna otra escapatoria posible, me vi forzado a reparar en ellas.

Algunos dirían -y no digo que estuviesen en lo correcto- que estaba huyendo: todo lo que fui, ya no lo era más. Hace unas pocas horas, había sido despedido del colegio donde trabajaba, así que ya no era más profesor; La mujer a la que amo, había decidido despedirme también del puesto de novio, así que ya no era novio; los amigos con los que vivo, habían decidido no renovar el contrato de alquiler, así que tampoco sería más residente.

Una pregunta gorgoteaba por mi garganta, hasta que -y contra mi voluntad- pudo fluir

¿Si ya no soy profesor, novio, y residente; entonces quién soy?

Lo bueno es que en Petén no era nadie, nadie conocería mi nombre, lo que hacía, a quién amaba, dónde vivía. Eso me dio una paz sobrecogedora que relajó todo mi cuerpo en el duro sillón de bus. No pasó ni un minuto hasta que un fantasma francés del siglo XVII perturbó mi autocomplacencia al recordarme que, si puedo pensar que soy nada, entonces existo; y si existo, soy algo.

Caí en cuenta que por mucho me alejara de mi hogar, aunque me rodeara de desconocidos, de animales, o incluso de marcianos, siempre seguiría siendo alguien.  Y aun cuando decidiera dejar de ser parte de todos los discursos sobre lo que se debe hacer y no en una sociedad; de qué manera hablar o dejar de hacerlo; a qué dedicarse y a qué mirar con el respeto de un hobby, y volverme un asceta ermitaño, nunca podría escapar de mí mismo y de la imagen que yo tenía sobre mí mismo. Podía escapar de todos los discursos, menos del de mi identidad.

Ya con convicción plena de que no podía prescindir de identidad, la pregunta permanecía intacta esperándome ¿Quién soy? Supe que era una pregunta importante por la dimensión temporal que la misma implicaba. Si decía, por ejemplo, que era un vago, y luego no actuaba en conformidad con la vagancia, entonces no era un vago, era un mentiroso. Sin duda, la identidad tenía esta sinergia temporal en cuanto a que lo que te dices que eres hoy condiciona tu mañana; de tal modo que incurrir en una identidad incorrecta o mal planteada, podía no solo dejarme como mentiroso, sino pasmado ante la realidad. Si, por ejemplo, pensaba que yo era un genio musical y no podía escribir grandes conciertos, ese descalce entre la realidad y mi impresión de la misma, generaría, tarde o temprano, depresión y desprecio.

Lo bueno de saber que esta pregunta fuera muy difícil, es que las preguntas difíciles siempre tienen método, así que decidí abordar la pregunta sobre el discurso de la identidad metódicamente.

Sabía que debía haber un grado aspiracional en la identidad, pero esa aspiración no podía degenerar en fantasía, pues la fantasía es contraria a la realidad, y por tanto, amiga de la depresión.

“Todo el tiempo intento embellecer la imagen de mí misma en mi mente, cariñosamente, a hurtadillas, sin adorarla abiertamente, pues me descubriría haciéndolo y tomaría instantáneamente un libro para protegerme. Es curioso cuán instintivamente protegemos nuestra imagen de la idolatría o de cualquier otro trato que pudiera ponerla en ridículo, o la hiciera tan diferente de la original que ya no se pudiera creer en ella.”

— Virginia Woolf, La marca en la pared (1917).

I: La naturaleza objetiva

Lo primero que descubrí, es que a todo quien, le antecede un qué. De tal forma que resulta estéril preguntarse ¿Quién soy? Si no se conoce con anterioridad ¿Qué soy?

Ya que el qué precede al quién, sería incorrecto responder a lo primero mediante lo segundo ¿Qué soy? Una persona amable, pero ¿Qué es una persona y qué es la amabilidad? El qué constituye la primera delimitación del quién, pues este último exige características que solo pueden atribuirse a algo que previamente es. En cambio, el qué puede concebirse sin necesidad de determinar todavía aquellas características particulares que darán forma a un quién, todo quien tiene un qué, pero un qué puede existir sin el quién. De ahí que aquello que defina qué soy deba ser independiente de quién pregunte o del momento en que se formule la pregunta. El qué, si lo que se quiere es una teoría práctica de la identidad, debe, por tanto, remitir a una naturaleza objetiva.

He diferenciado esta naturaleza en tres aspectos: La realidad biológica, las potencialidades biológicas, y las potencialidades filosóficas.

Entenderé la primera como aquellos hechos inalterables de la naturaleza, que no puedan modificarse por más esfuerzo, voluntad, o ciencia que se aplique. Los únicos que he podido encontrar son a) aquellos de los que procedemos, pues no hay fuerza que pueda alterar este hecho, e independientemente si les conocemos o nos relacionamos con ellos, eso no altera el hecho de que venimos de ellos. b) El sexo que tenemos, pues no hay uso de la ciencia que pueda alterar la esencia de nuestra biología, independientemente de si intentamos alterarla con la ciencia o fingir socialmente la pertenencia a otro sexo.

Luego, dentro de las potencialidades biológicas se encontrarán todas aquellas posibilidades que puedan llegar a darse ya sea por el desarrollo de las mismas, o por la ayuda de la tecnología, siendo las primeras las potencialidades biológicas naturales, y las segundas, las potencialidades biológicas artificiales. Habría una tercera categoría que serían aquellas restricciones biológicas para las cuales la tecnología aún no diera solución pero podría llegar a darla, estas reciben el nombre de restricciones biológicas temporales. Estas podrían llegar a ser potencialidades biológicas artificiales, pero, por practicidad, vale considerarlas dentro de la realidad biológica.

Las potencialidades biológicas naturales son la fuerza, la memoria, la coordinación, el aguante, y todo cuanto pueda entrenarse con el mismo cuerpo y al mismo cuerpo enriquece, con las limitaciones que el mismo cuerpo impone, tanto en los límites inferiores, como superiores: Nadie sucumbe ante el peso de un hoja de papel, ni soportar el peso del mundo en los hombros.

Ejemplos de las potencialidades biológicas artificiales son los bastones, que hacen a los cojos cojear menos; los lentes, que hacen a los miopes serlo menos; las prótesis, que hacen al que no tenía piernas poder caminar; y todo cuanto, mediante la técnica o la tecnología, amplíe, sustituya o compense alguna capacidad biológica. Como toda tecnología depende de las posibilidades materiales de su tiempo, también estas potencialidades tienen límites: ningún lente permite ver infinitamente lejos, ninguna prótesis concede fuerza ilimitada y ningún instrumento puede ampliar una capacidad humana más allá de aquello que su propia constitución y la tecnología disponible permitan. De este modo, aunque estas potencialidades no procedan exclusivamente del desarrollo natural del cuerpo, siguen estando circunscritas por aquello que materialmente puede hacerse con él.

Ejemplos de las restricciones biológicas temporales son aquellas incapacidades que, siendo insuperables para una persona en un momento determinado, no podemos afirmar que lo serán para siempre: una enfermedad hoy incurable, una lesión que todavía no puede repararse, la pérdida de un sentido que aún no pueda restituirse o cualquier otra limitación para la cual la técnica no haya encontrado todavía solución. Como el desarrollo tecnológico modifica continuamente los límites de lo posible, estas restricciones no pueden considerarse hechos inalterables de la naturaleza en el mismo sentido que la realidad biológica, sino fronteras circunstanciales entre lo que podemos y no podemos hacer. Nadie puede hoy atribuirse una capacidad que todavía no posee por el simple hecho de que quizá llegue a ser técnicamente posible; pero tampoco sería prudente declarar imposible para siempre aquello cuya imposibilidad depende únicamente del estado presente de nuestro conocimiento.

Las potencialidades filosóficas, por su parte, son todas aquellas posibilidades que sean producto de la mente, y que, a diferencia del cuerpo, y si se dan las condiciones para su florecimiento, no conocerán límites ni de exceso ni de carencia salvo los que los órganos encargados de desarrollarlas (de tenerlos) las presenten. Por ejemplo, estudiosos de la neurociencia y la psicología como Joaquín Fuster y Steven Pinker han señalado que pensar gasta energía física y que la memoria podría tener un límite biológicos:

“An intelligent system, then, cannot be stuffed with trillions of facts. It must be equipped with a smaller list of core truths and a set of rules to deduce their implications.” (Traducción: “Un sistema inteligente, entonces, no puede rellenarse con billones de datos. Debe estar equipado con una lista más pequeña de verdades esenciales y un conjunto de reglas para deducir sus implicaciones”.) Steven Pinker (p. 8)

“El sistema nervioso consume más glucosa que la mayoría de las otras partes del cuerpo, y la actividad mental esforzada parece ser especialmente costosa en la moneda de la glucosa. Cuando estás involucrado activamente en un razonamiento cognitivo difícil o dedicado a una tarea que requiere autocontrol, tu nivel de glucosa en sangre disminuye. El efecto es análogo al de un corredor que agota la glucosa almacenada en sus músculos durante una carrera de velocidad” ([The nervous system consumes more glucose than most other parts of the body, and effortful mental activity appears to be especially expensive in the currency of glucose. When you are actively involved in difficult cognitive reasoning or engaged in a task that requires self-control, your blood glucose level drops. The effect is analogous to a runner who draws down glucose stored in her muscles during a sprint]). Steven Pinker, capítulo III.

“These changes are produced by changes in the underlying nervous activity – which consumes oxygen and glucose.” (Estos cambios son producidos por cambios en la actividad nerviosa subyacente, la cual consume oxígeno y glucosa). Fuster.

Ejemplos son la moral, el gusto, el pensamiento racional, el ingenio, el carisma, la creatividad y todo cuanto puede gestarse en la mente por la mente. De tal modo que mientras que no se puede prescindir del peso o la fuerza, pues son propias de la naturaleza objetiva, en cuanto a las potencialidades filosóficas, estas pueden presentarse o no, pero nunca se puede carecer la posibilidad de desarrollarlas, aunque no se manifiesten.

II: Identidad natural e identidad proyectiva

Con lo anterior como base, la identidad puede ser, a lo menos, una descripción de la naturaleza objetiva, esta versión basal recibirá el nombre de identidad natural y podría señalarse como Un ser humano de X realidad biológica, Y, W, y Z restricciones biológicas temporales; de potencialidades biológicas a, b, y c, llevadas a tal grado; y potencialidades filosóficas c, d, y e, llevadas a tal grado.

Esta identidad es descriptiva e inescapable, y solo tendría sentido conformarse con ella si se quisiera hacer una descripción estéril de un sujeto, pero si ese sujeto busca preguntarse a sí mismo sobre quién es, esta descripción aunque verdadera, le parecerá insuficiente.

Además, la identidad natural no responde por qué y para qué puedo forjar o desentenderme de ciertas potencialidades biológicas y filosóficas. Ahí es donde entra la voluntad, que no es más que una declaración de intenciones sobre el uso y perfeccionamiento que se le darán a las potencialidades.

Sobre el fundamento y procedencia de la voluntad podría escribirse extensamente y debatirse acaloradamente, pero para el propósito de este ensayo bastará con señalar que viene de la libertad humana y genera por la suma de la experiencia y nuestros juicios sobre ella.

Ya con la suma de la identidad natural más la voluntad, tendríamos lo que una persona es (naturaleza objetiva), y lo que quiere hacer con lo que tiene (voluntad); estaríamos en condiciones de preguntarnos para qué se quiere trabajar ciertas potencialidades, ahí se comprende el elemento final, el propósito. Donde se tiene que no puedo decidir arbitrariamente qué soy, pero sí puedo decidir qué hacer con aquello que soy capaz de llegar a ser.

Sobre si los propósitos son objetivos en la naturaleza humana, subjetivas, que encaminen a la virtud,  o si deben ser orientados y justificados racionalmente, es un tema ampliamente discutido en el que no buscaré tomar posición pues entiendo que mi propuesta puede ser de utilidad para cualquiera que pensar de las maneras anteriormente enlistadas. Sin embargo, sí vale tomar en cuenta que, al ser el propósito algo tan importante, debemos preguntarnos ¿qué pasa si consigo aquello por lo que he luchado tanto? Pues muchas veces lo peor no es desear cosas banales, sino alcanzarlas y darnos cuenta de su naturaleza cuando ya es muy tarde.

Con todos estos elementos, si se actúa concordantemente en el tiempo conforme a la voluntad, ya nos encontramos en presencia de una identidad proyectiva, que es proyecto orientado hacia un propósito, la cual tendría la siguiente estructura:

sujeto + potencialidad + dirección + finalidad.

III: Sobre la formulación de la identidad proyectiva

Ya con la identidad proyectiva establecida inicialmente, podemos empezar a ver cómo construir una identidad con ella. Lo primero es que no puede ir en contradicción a la naturaleza objetiva, las restricciones biológicas temporales, o las limitaciones de las potencialidades biológicas y filósoficas. De este modo nadie podría responder a la pregunta ¿Quién soy? Con “Un lector de mentes”, pues no hay tecnología que permita tal cosa, ni dicha posibilidad se encuentra dentro de la realidad biológica, o dentro de las potencialidades del sujeto.

Recordemos que el objetivo de este ensayo es establecer un método para llegar a una formulación de identidad, que, en última instancia, sea compatible con la realidad, tanto del mundo como del individuo.

La segunda, es que al ser la identidad algo tan importante, no puede encomendársela a nadie más que a nosotros mismos, o un ser de naturaleza superior. Si la identidad será aquello que nos defina, sería incauto dejarla a disposición de un tercero de intenciones inciertas. Por lo que la identidad proyectiva no incluye ni títulos sociales (trabajos, niveles de fama, pareja de, amigo de), pues si los terceros nos los arrebatan, nos arrebatarían nuestra identidad.

Además, no es ni inflexible ni indulgente. Pues la identidad debe ser congruente con la naturaleza humana, y ser significativo para el individuo; de modo que, si se sabe que la perfección no se encuentra dentro de las posibilidades humanas, una identidad que apele a la perfección, o que tenga implícita en ella la perfección no será consecuente con lo que los individuos son. Si, por ejemplo, digo “yo soy disciplinado” ¿Qué pasará el día que no lo sea? -y ese día llegará tarde o temprano- si mi identidad es tan frágil que se rompe al primer fallo, y el fallar es una de las cosas más humanas, entonces una identidad que se establezca de esa manera no será congruente con las limitaciones humanas, y por ello conviene descartarla.

Pero la identidad tampoco debe ser solo fantasía, dado que la identidad es algo significativo e inescapable para los individuos, debe representar en algún grado, la congruencia con la realidad. Carecería totalmente de sentido y, seguramente, conduciría a una depresión el decir “soy un gran atleta” si nunca me he ejercitado.

El correcto anunciamiento de la identidad debe poder soportar la imperfección humana, pero ser lo suficientemente concreto para sea sustancial, por ello, la mejor manera de exponer la identidad es de manera proyectiva. No decir “Yo soy A”, sino “Yo intento ser A”. Así, aquel día en el que no se sea A no es el fin de la identidad, pero también, si nunca intento ser A, entonces solo estoy mintiendo, de ahí que se necesite el componente de voluntad para establecer un compromiso en el tiempo con el desarrollo de ciertas potencialidades.

Debe diferenciar adecuadamente entre fines y medios. A pesar de que la identidad incluye ambos, puede darse el caso en el que solo se coloquen los fines, solo los medios, o se caiga en una sobre especificación de los medios. Cuando se enuncian los medios como fines, el mayor riesgo que se corre es el de alcanzarlos y darse cuenta de su verdadera naturaleza, la de medios. Si, por el contrario, se hace muy específica la identidad, puede caerse en la inflexibilidad, que se ha tratado anteriormente. Si, por ejemplo, digo “Soy una persona que intenta trabajar muy duro para donar $100 todos los meses y, de esa manera, ayudar a los más desposeídos” Cuando, por más duro que haya trabajado, no pueda conseguir los $100, se cae en otra forma de inflexibilidad que no será compatible con la naturaleza del mundo y de las personas.

De este modo, una identidad congruente con la realidad, y con significado e implicaciones de acción intemporales deberá: No contradecir y aceptar la naturaleza objetiva, depender de uno mismo o de un ser superior, ser lo suficientemente general para poder encauzarse y contemplar pequeños fallos, distinguir correctamente entre el propósito y los medios para alcanzar este propósito.

Una posible muestra a la pregunta ¿Quién soy? Podría ser Soy un ser humano (con todo lo que eso implica) que intenta reunir conocimientos y experiencias para mostrarle al que quiera oír, que el mundo es un lugar maravilloso.

Bibliografía