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Epstein y el Estado

El pensador Murray N. Rothbard escribió en La Anatomía del Estado que: “Además, un ataque a las ‘teorías de conspiración’ hace que los súbditos se vuelvan más crédulos ante las razones de ‘bienestar general’… Una ‘teoría de conspiración’ puede desestabilizar el sistema al hacer que el público dude de la propaganda ideológica del Estado.”

Concédanme, entonces, una suposición: supongamos que todos los archivos desclasificados por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos con relación al caso Epstein son ciertos, que hay verdad en cada correo, foto y video.

¿No es el balde de agua fría más grande que la civilización ha tenido desde los teóricos del contrato social? ¿No parece que los grupúsculos libertarios, alérgicos al Estado, ácratas por naturaleza, nos vemos más sensatos? ¿No resuenan con eco atronador las palabras del católico Lord Acton, cuando dice que el poder corrompe, y el poder absoluto, absolutamente corrompe?

Cuando los libertarios hablamos de la teoría predatoria del Estado, aquella que pone como inicio de estos la invasión, conquista y violencia por grupos de vándalos, muchos parecen no tomarse dicha teoría en serio, pues contraargumentan que los políticos y jefes de Estado que ven ahora distan bastante de los bárbaros originales que gobernaban. Frente a ello, ¿qué tienen que decir ahora?

¿No parece cada vez más plausible la visión de que los bárbaros refinaron el mecanismo de la extracción, pero su naturaleza sigue siendo igual de violenta? Que, en otras palabras, nunca dejaron de ser lobos, solo que hicieron un disfraz tan convincente de ovejas que nos hicieron olvidar su naturaleza feral.

Ya no parece tan alocado señalar que la conspiración no es izquierda contra derecha, Oriente contra Occidente, sino el Estado contra nosotros. Que los nombres encontrados en los archivos no son únicamente de un sector político en particular, sino del poder político en general. Y que aquellos del mundo privado que figuran son los empresarios corporativistas, los que hacen tratos y se benefician de la coacción estatal. Nuevamente, somos nosotros contra el Estado.

Igualmente, ya no se le podría acusar de descabellado al buen Rothbard cuando escribía sobre la alianza de ciertos intelectuales para legitimar al Estado por medio de artículos, tratados y papers, cuando vemos la permanente correspondencia que mantenía Epstein con numerosos cientistas naturales y sociales, dentro de los cuales no pude encontrar a ningún antiestatista radical o anarquista de libre mercado.

En una palabra, que son ellos contra nosotros, que el Estado, fuera de sus falsas distinciones de progresistas y conservadores, de socialistas e intervencionistas moderados, es un grupo homogéneo, el grupo del poder político, que comparte como características comunes la violencia, el robo y la degeneración.

Frente a esto, lo mínimo que se puede hacer es estar consciente, saber que estos grupos existen y que tienen una agenda que no solo atenta contra la libertad individual, sino contra la dignidad humana. Luego, en los márgenes que nos sea posible, remar para el lado correcto, que suele ser el contrario al que ellos promueven, tanto en sus correos privados como en la expresión pública de los mismos.