Dijo el conocido periodista chileno Julio Martínez que, en la guerra, nadie gana: la humanidad es la que pierde. No le faltaba razón para decirlo hace más de 20 años, en relación con la guerra de Irak, y estoy seguro de que, si estuviera vivo, diría lo mismo hoy por la guerra que se bosqueja.
Dijo también Randolph S. Bourne que la guerra es la salud del Estado, y nuevamente razón no le faltaba para sostenerlo en el contexto de la Primera Guerra Mundial; y si siguiera vivo, lo sostendría para la nueva guerra de Oriente Medio.
El fenómeno de la guerra no puede entenderse sin el fenómeno del Estado. La mentira de la soberanía popular ha hecho que miles de hombres corran hacia los fusiles para defender, supuestamente, lo que es suyo, sin darse cuenta de que hacen el trabajo sucio de los políticos.
Incluso Maquiavelo, el adalid de los políticos, ve con un desagrado tremendo en El príncipe que los reinos italianos tengan ejércitos privados de mercenarios. Señala que no son tan entregados, valoran mucho su propia vida y rara vez realmente pelean; suelen intimidar más por el número, y el ejército contrario (también de mercenarios) suele rendirse antes de derramar una gota de sangre. Pareciera que, contrariamente a la visión generalizada, la guerra en la Edad Media era mucho más civilizada de lo que pensamos.
Quienes sí eran fieros guerreros y feroces carniceros eran los griegos. Creían sinceramente que no peleaban solo por ellos, sino por su polis, su patria. De ellos rastreamos la expresión más antigua de “quemar los barcos”, pues Alejandro Magno, al desembarcar en Asia para ir contra los persas, hizo exactamente eso. Una acción que se lee como valentía militar, pero que igualmente puede leerse como un fanatismo tal por la guerra que sobrepasa lo razonable.
Señalo estas anécdotas históricas (¿y para qué hacer referencia al evidente recrudecimiento y brutalidad de la guerra desde la concepción del Estado moderno, la democracia y el nacionalismo?) para hacer ver un punto sencillo: cuando el Estado se empodera, la guerra se recrudece. El Estado usa sus artimañas para hacerle creer a la gente que, cuando pelean por él, pelean por ellos mismos.
No creo que el Estado sea la fuente del conflicto humano; eso es mucho más profundo, pero sin duda es el principal promotor y desarrollador de la guerra y su industria. Solo con Estados una guerra puede ser rentable: una industria de la muerte solo puede calcular sus beneficios si tiene clientes.
La guerra es tremendamente antieconómica y es por ello que solo puede prolongarse en el tiempo cuando obtiene una fuente de financiación que es también antieconómica.
No hay soldado particular que haya salido beneficiado por una guerra, salvo que vea como beneficio sobrevivir a la misma. Ganan los políticos, que aumentan el territorio que depredar por medio de impuestos y la propiedad que usurpar de sus enemigos.
Mientras que donde entra el comercio no entran las balas, donde entra el Estado lentamente envenena a sus ciudadanos para creer que hay buenas y necesarias razones para matar a sus semejantes si él se lo ordena.