Resumen de libro

Resumen de La anatomía del Estado

Obra original: La anatomía del Estado · Murray N. Rothbard
Publicado enero de 2025

Lo que el Estado no es

En el mainstream de la teoría política siempre se considera al Estado como un bien para la sociedad: algunos lo ven como la apoteosis de la misma y otros como un amigable aliado que, a veces, falla. Desde la era de la democracia se ha comenzado a popularizar que “el Estado somos todos”. Esta proposición es tremendamente falsa, pues implicaría que todos los actos del Estado contra su población son realizados por la población contra sí misma y que, por tanto, son voluntarios.

Por ejemplo, si un Estado masacra a su pueblo —si el Estado somos todos—, podríamos decir que dichas personas no fueron asesinadas, sino que se suicidaron. Es por ello que el gobierno no somos nosotros ni nosotros somos parte del gobierno.

Lo que el Estado es

El Estado es la institución que intenta mantener el monopolio de la fuerza en un lugar determinado. Además, no se financia de forma pacífica mediante el intercambio o las donaciones voluntarias; lo hace por medio de la compulsión, de la amenaza del uso de la fuerza o de la cárcel si alguna persona se niega a pagarle.

Cabe destacar que la naturaleza del Estado es contraria a la naturaleza del ser humano, pues mientras la primera es coactiva, el ser humano ha descubierto que la única manera de prosperar a largo plazo es destinar su fuerza e intelecto a la producción y al intercambio pacífico de bienes y servicios con las demás personas.

Esta diferencia entre las dos maneras de existir de la sociedad y el Estado ya la notó el sociólogo alemán Franz Oppenheimer, quien llamó medios económicos a la manera pacífica y voluntaria de obtener recursos, y medios políticos a la que implica el uso de la fuerza. Es por ello que el Estado es la organización de los medios políticos por excelencia.

En los albores de la era humana, los hombres se reunían para intercambiar sus bienes. Algunos bandidos que observaban esto iban y los asesinaban para quedarse con todos sus recursos. Luego reflexionaron y se dieron cuenta de que era más provechoso esclavizarlos y “desangrarlos” que quitarles todo de una vez. Los bandidos se establecían en un lugar determinado y lo protegían de otros bandidos. Pasadas las generaciones, se transformaban en los nobles del lugar. A esto se le llama teoría predatoria del Estado.

Cómo se preserva el Estado a sí mismo

Como se estableció previamente, el Estado no obtiene sus recursos mediante la producción, el intercambio o la donación, sino por la depredación coactiva de sus ciudadanos. Para que este modelo sea sostenible en el tiempo, debe ser una minoría —la casta— la que viva a expensas de la mayoría. Pero debe haber una mayoría que vea esta situación como legítima.

La casta está compuesta por la nobleza política, la burocracia permanente y pequeños grupos a los que se entregan privilegios arbitrarios a costa de la población. Ejemplos de estos grupos pueden ser empresarios corporativistas, policías, militares, élites sindicales, etc.

Pero, aun con todos estos grupos, siguen siendo una minoría de la población. La permanencia en el poder de cualquier régimen no es cosa de fuerza, sino de ideología; de ahí que la casta política deba aliarse con aquellos grupos sociales que tengan la capacidad de hacer creer al grueso de la población que el Estado es legítimo o, por lo menos, inevitable. Estos grupos son los intelectuales y los creadores de opinión pública.

Estos se tienden a aliar con la casta debido a que el mercado intelectual en una sociedad es más incierto y riesgoso que el mercado productivo. Pero si trabajan para el poder político, la renta está asegurada.

Pese a ser variados, la mayoría de los argumentos esgrimidos por intelectuales para legitimar al gobierno siguen estas dos vertientes:

Ya que el Estado busca mantener funcional su monopolio de depredación sobre la sociedad, es bastante común que sea eficiente al evitar el crimen privado que interfiera con su depredación.

Ya que mucha gente tiende a sentir aprecio por su tierra natal y su gente, los intelectuales asocian esa idea con la del Estado para crear sentimientos nacionalistas. También se usa como argumento que mientras más longevo es un Estado, más legítimo es, llegando a mitificar a los antiguos gobernantes.

Además de ello, los argumentos a favor de la inevitabilidad del gobierno tienden a mezclarse con filosofías deterministas que afirman que el gobierno será un producto inevitable de la naturaleza humana, de las condiciones materiales, etc.

Se mantiene a raya el relato oficial tachando todas las opiniones e interpretaciones divergentes de teorías de la conspiración. Esta es una manera de ridiculizar el pensamiento no oficial.

Ya que ahora la mayoría de los Estados son seculares, se usa la figura de la ciencia como antes se usaba la de Dios: en su nombre, todo lo que se diga ha de ser cierto. Se impregnan los discursos con términos científicos para esconder lo que, en palabras normales, sería un asalto al sentido común.

El mayor peligro para el Estado es la crítica intelectual independiente. Son las minorías organizadas e independientes las que tienen el poder de iniciar un cambio social mediante la propagación de un mensaje contrahegemónico.

Cómo el Estado trasciende sus límites

A lo largo de la historia, las personas han ideado numerosos mecanismos para limitar el poder del gobierno, y los intelectuales del gobierno se han esmerado en darles la vuelta y hacerlos ver como legitimadores del gobierno, más que como limitaciones a su poder.

Se pasó de creer que los reyes debían gobernar solo siguiendo la ley de Dios a que Dios daba por ley el derecho de gobernar a los reyes. Se pasó de la democracia parlamentaria como un poder ciudadano para contener a la monarquía absoluta a una parte fundamental del Estado; de los derechos naturales a la vida, la libertad y la propiedad a los derechos positivos al trabajo, la vivienda, etc.

Pero, sin duda, el mayor intento para contener el poder del Estado es la Constitución de los Estados Unidos, una herramienta que exponía explícitamente las limitaciones de acción para el gobierno y la imposibilidad de avanzar sobre ellas.

Sin embargo, por medio de la interpretación constitucional y la Corte Suprema, se ha logrado vaciar de contenido el papel sobre el cual descansaba el sueño americano. Prueba de ello fue la aprobación del New Deal, el cual contradecía explícitamente lo escrito en la Constitución. Solo tuvo que “interpretarse de distinta manera”.

Vemos cómo le es propio al Estado sobrepasar sus límites, ignorar o modificar los mecanismos que intentan limitarlo y avanzar hacia el poder absoluto.

Lo que el Estado teme

Naturalmente, el Estado teme todo lo que le haga perder su hegemonía, ya sea parcial o totalmente. El Estado puede desaparecer principalmente por dos motivos: ser conquistado por otro Estado —guerra— o ser derrocado por sus propios súbditos —revolución—.

Lejos de que el Estado vea la guerra como algo malo, esta le ofrece dos beneficios: trascender sus límites sin mayor oposición popular y tener la posibilidad de aumentar el territorio donde llevar a cabo su depredación.

Cómo se relacionan los Estados entre sí

Como se vio anteriormente, el Estado busca la guerra; siempre es una opción tentadora para expandir el territorio donde depredar. Antes, la guerra entre Estados involucraba solo a los soldados y gobernantes. El comercio y las comunicaciones se interferían poco, y los ciudadanos podían visitar al país “enemigo” sin ningún problema. Con la llegada del nacionalismo y la asociación de la tierra con el Estado, esto dejó de ser así.

Cuando los Estados no están en guerra, deben crear un sistema para minimizar las fricciones entre ellos; este sistema usa los contratos como herramientas y la creencia en su inviolabilidad como garantía.

Sin embargo, los tratados no son una solución eficiente, pues nunca se establece bien qué se transa, más allá de voluntades abstractas de naciones. Los contratos, en cambio, intercambian derechos de propiedad, por lo que son claros y resolutivos frente a un conflicto. Si A vende su casa a B mediante un contrato, el hijo de A no tendría ningún derecho a reclamarle la casa a B diciendo que le pertenece. Por otro lado, si la nación X pacta con la nación Z entregarle un territorio, es difícil pensar por qué los ciudadanos de ese territorio deberían obedecerlo o ver legitimidad en él.

La historia como competencia entre el poder social y el poder estatal

Albert Jay Nock define el poder social como aquel cúmulo de conocimiento que el hombre tiene sobre la naturaleza, sobre cómo operarla y transformarla para cooperar pacíficamente e intercambiar con la finalidad de aumentar su bienestar. El poder estatal es el conocimiento del hombre sobre cómo dominar al hombre, cómo drenar al hombre libre y vivir coactivamente de su producción.

A lo largo de la historia, la competencia entre el poder social y el poder estatal ha tenido diferentes manifestaciones. A veces, el poder social lidera y entrega épocas de creatividad e innovación que, posteriormente, el poder estatal usa para someter al hombre de manera más efectiva.

A lo largo de la historia, el poder social ha intentado limitar el afán omnipotente del Estado con diversas ideas y propuestas y ha fracasado en todas. Es momento de pensar en una idea que permita al poder social liberar todo su potencial creativo sobre la humanidad.